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09 abril 2012

Vivencias (XII). Agua y fusta

La semana pasada, mientras tomaba el té en compañía de amigos eslovacos, me regalaron una fusta de madera con un lazo rojo atado en un extremo. Lo primero que pensé fue “¿Y esto?”

- Para el próximo lunes – me dijeron.

Y es que este país no deja de sorprenderme. Una costumbre que tienen en época de Semana Santa es empapar y “pegar” a las mujeres el lunes después del Domingo de Resurrección. Cogen un cubo de agua, se lo echan por encima, y luego se les azota suavemente con esa especia de fusta cargada de tiras de tela (todo bajo un ambiente de broma y cachondeo, me repitieron una y otra vez).
Cada vez entiendo menos.

28 diciembre 2011

Día 473. Turrón húngaro

( la Navidad no es igual en todos los sitios... )



Pocos eran los indicios que te hacían sentir que vivías en fechas navideñas. Algún que otro cartel colorista, alguna que otra representación del nacimiento, algún que otro árbol con luces y adornos. Salvo excepciones, debías estar atento si no querías que pasaran desapercibidos. Escaparates de negocios a pie de calle mantenían una estricta compostura de firmeza y austeridad frente a la fiebre de luces y acicalamiento del oeste de Europa. Incluso los rostros de sus habitantes mantenían una seriedad impropia de las fechas. Es Navidad, sí, pero a su manera.





Cerca del Danubio, por los alrededores del Parlamento y demás atracciones turísticas, Budapest daba una cara afable, y pese al frío encontrabas el calor en concurridos restaurantes y centros de ocio. Algunos puestos de venta ambulante, cargados con una gran variedad de productos, animaban atrayendo a clientes las principales avenidas y plazas de la ciudad. Uno de ellos, el de venta de árboles de Navidad, era el más concurrido.

- ¡No foto! – me dijo la señora, con un fuerte acento del este y cara de pocos amigos, viendo mis intenciones de retratarla con el árbol.

Alejándote del río, callejeando y conociendo la otra parte de la ciudad, el frío era casi una constante. Aún con la luz del día, ves cosas que nunca consigues digerir. El viejo metro de la capital, al igual que puentes y recovecos de construcciones que protegen de las inclemencias del tiempo, son hervidero de mendigos y personas sin hogar, necesitados de comida en el mejor de los casos, y de medicación en los peores.





Con el paso de las horas y la llegada de la noche, confirmas que las luces que asomaban en el paisaje eran las mismas que las de cualquier otra estación del año, que los enormes y viejos edificios que te producían admiración se convertían en gigantes de sombras demasiado imperturbables. Fuera de la zona turística, desmedidas barriadas de bloques de ocho y diez plantas se extendían alejadas de la vía principal, solitarias cuando el sol desaparece por el horizonte, dejando a pie de calle el vaivén del tranvía y los pequeños negocios ya con el candado echado.

Estación de paso hacía mis verdaderas vacaciones de Navidad en España, la segunda incursión por Budapest me mostró su otra cara, la del día a día, más dura, difícil de asimilar en ocasiones, nada que ver con el blando y sabroso bocado de sus atracciones turísticas. Duro y blando. Como el turrón.



(gracias a Rocío, Pablo y Víctor por su compañía durante este corto pero intenso periplo por tierras húngaras; hora de familia y amigos en España, y de colocar los dos últimos post del año…)

20 diciembre 2011

Día 460. Cosas que sólo ocurren en diciembre

(10 de diciembre ya...)



Lugares diferentes, gente diferente, pero siempre el mismo sonido, el mismo color y la misma expresión en la cara de los niños, una sonrisa de oreja a oreja indicadora que la Navidad esta más cerca.





Las prisas y el estrés no existen en esta parte de país, y es algo que hace que, o para bien o para mal, todo se viva de forma pausada, sin sobresaltos, como cuando tienes en tus manos una copa de buen vino y empleas tiempo en sacarle el sabor. A veces, con el ritmo de vida impuesto por la sociedad actual, pasamos por alto multitud de cosas sencillas capaces de aportarnos un trocito de felicidad. Aquí esas cosas si son reconocidas con frecuencia. Posiblemente sea la razón más importante por la que estoy enamorado de este país.

Es un buen momento en esta época del año para disfrutar del sonido y color que ofrece Roznava. La música y el canto esta muy presente en diciembre, con multitud de conciertos y actos benéficos que acercan aún más el verdadero espíritu de la Navidad. Son realmente espectaculares, por las ganas y el esfuerzo que ponen los protagonistas, por la ambientación bajo la ténue iluminación de las velas, por el mensaje que aportan. La luz y el color se encuentran fuera, en las calles, donde no importa pasar un poco de frío para tomarte algo con amigos en los stands de la plaza principal.





En su calendario en color rojo tienen marcado la noche del 24 como el gran día, donde el pescado, sopa y frutas son el principal menú de la cena. Aquí no existe el día de Reyes Magos, ni la tradición española de comer uvas, de llevar ropa interior roja la última noche del año, ni existe ninguna lotería… pero siempre el mismo sonido, el mismo color y la misma expresión en la cara de los niños, una sonrisa de oreja a oreja indicadora que la Navidad esta más cerca.

( El tiempo pasa demasiado rápido. Qué les voy a contar que no sepan. Hace dos días estábamos comenzando el curso escolar y hoy casi nos hemos plantado en las vacaciones de diciembre. Demasiado rápido todo, pero con la fortuna de haberlo vivido y grabado en mi memoria)

17 diciembre 2011

08 diciembre 2011

Vivencias (VII): Una dulce celebración

Bombones rellenos de licor habían invadido la sala de profesores, y circulaban sin pudor por los escritorios. En uno de los descansos, una de mis compañeras me regaló un enorme saco de dulces. En el comedor del colegio, detrás de la sopa y el segundo plato, nos entregaron a todos como postre una bolsa cargada de chocolate. Un enorme tazón de puding de chocolate casero me esperaba en la cocina al llegar a casa. ¿Qué ocurre hoy? La fiebre del chocolate ha llegado a Eslovaquia. Los supermercados hacen su agosto vendiendo dulces y chocolatinas y yo no sé el motivo.

Mis estudiantes tienen la respuesta que busco: es seis de diciembre, y es San Nicolás. Según me contaron, San Nicolás es un señor de aspecto bien parecido a Santa Claus que la noche del 5 de diciembre busca los zapatos de los niños situados en sus ventanas para dejarles dulces y chocolatinas si han sido buenos, o un palo de madera si han sido malos (aquí no se andan con chiquitas).

Indagando un poco más sobre esto, encontré varios datos curiosos. Es una fiesta de origen holandés, y el mito se basa fundamentalmente en la figura de San Nicolás de Bari, aunque contiene también elementos de origen pagano. Durante el siglo XX este mito sirvió de origen al mito de Santa Claus: la ciudad norteamericana de Nueva Ámsterdam fue colonia holandesa en la costa de los actuales Estados Unidos, y en ella se celebraba también la fiesta de San Nicolás, cuyo nombre Sinterklaas fue adaptado al inglés como Santa Claus.

Disculpen que terminé así el post, pero tengo el puding de chocolate de San Nicolás esperándome…

04 agosto 2011

Día 310. Historias de andar por casa

(un resumen de como fueron transcurriendo las cálidas semanas de julio en mi país antes de embarcarme en una nueva aventura por Europa)



Feliz.

Todo cercano, familiar, caminando por calles que conoces su final. Acompañado por la gente de siempre, y bajo la eterna luz del sol. Hay cosas que no cambian nunca, y el sentimiento de estar en casa es una de ellas.

Julio empezó a avanzar a velocidad de crucero, pasando las hojas del calendario tan rápidamente que cuando quise darme cuenta, llegó final de mes y aún no había actualizado el blog que hoy tienen delante suya y que con tanto esmero intento cuidar. Fue resultado de mi desidia, mi pereza, mi entrega por otras causas. Posiblemente porque sentía que todo lo que tenía que contar podía hacerlo en persona. Posiblemente porque escondí durante unas semanas mi afán aventurero, guardando fuerzas para los próximos meses. Posiblemente porque iba a estar más ocupado de lo que nunca pude imaginar.






Encabezonado en tener un excelente nivel de inglés para septiembre, me puse manos a la obra y encontré un grupo de personas con quien poder practicar el idioma. La primera fue Marina, una chica australiana residente desde hace 5 años en Benalmádena, simpática a mas no poder, que no deja de sorprenderme con las historias de su país de origen, un país que cada día que pasa despierta en mí mas interés.

Seguidamente conocí a Jan, una señora inglesa ya entrada en años, que organiza varios días a la semana reuniones entre personas de habla hispana y de habla anglosajona en el hogar del jubilado de mi pueblo. Recuerdo que la primera vez que acudí iba con recelo, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar. Hoy puedo decir que son mis mejores horas, que disfruto escuchando sus historias sobre la guerra y años posteriores, y aprendo una barbaridad.

Por último, y no menos importante, esta Saro, un chico nacido en Italia pero con media vida en Londres, que ha terminado afincándose en estas tierras atraído por el clima y el buen vivir, y con el cual comparto muchas mañanas de conversación. Con todos ellos, el clima británico continúa muy presente, y mi inglés progresa a pasos agigantados.






Por si fuera poco, durante diez días estuve algo más ajetreado, un centro de estudios de Málaga que se fijo en mi y me hizo un contrato de dos meses para impartir clases durante ese periodo. Media jornada, alumnos de primaria, ESO y Bachillerato. Pensé: “¿Por qué no? A los dos meses termino y me voy con la beca a Eslovaquia con algo más de dinero”. No era mala idea. Pero la jugada salio mal, y fui incapaz de llevar las dos cosas a la vez (las clases y mi inglés), no tenía tiempo para las dos cosas y tenia que elegir, por lo que a las dos semanas dejé el trabajo.






Y por supuesto, también era tiempo de alimentar el ámbito social, reuniones con familiares, amigos de toda la vida, recordando aquellas largas noches de verano, recordando historias que nos despiertan nostalgia y arrancan una sonrisa. Risas, cantes y bailes, acompañados de cerveza, tinto, aceitunas, patatas fritas, en terrazas con vistas al Mediterráneo. Mejor compañía imposible.




Falta menos para que Republica Checa, Hungría, Polonia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, Ucrania… sean palabras donde pueda colocar rostros e historias. Mientras tanto, mientras llega el momento, tengo dos amigos desperdigados por el mundo a los que les debo una visita, y de paso, un viaje. Toca hacer la maleta y conocer la tierra del dragón… el sur de Gales.




(todas las últimas fotos de las reuniones y fiestas del verano, entre ellas las de la festividad de la Virgen del Carmen, pinchando AQUI )
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