Allí estaba yo, en lo alto de la colina una tarde de otoño, hinchando mis pulmones a más no poder y disfrutando de las vistas. Absorto en las figuras y colores del horizonte, aún me daba tiempo para ver a la ardilla corretear a mi lado, la alfombra de hojas secas que tapizaba todo el suelo, y escuchar un mágico canto de una pequeña ave a la cual aún no he conseguido ponerle nombre. Todo, en su conjunto, hacía más placentera la despedida del sol.
Llevaba unos días algo confuso, nervioso, incluso algo desanimado. No sé si por todo el papeleo, por mis continuas peleas con el idioma, o por ver como de momento no llega el trabajo deseado.
(gracias al simpático conductor del autobus número 62, que si no hubiera sido por él hubiera terminado en cualquier otro lugar; todas las fotos de este espectacular paraje, a máxima resolución, pinchando AQUÍ)

